El error de estar demasiado presente

En tiempos de pandemia, toda nuestra cotidianeidad se vio alterada, obligando a las personas a adaptarse como se pudiera.

Por Gustavo Giorgi


Allá por marzo del año pasado, comenzó a darse el hecho de estar más tiempo en casa, lo que fue toda una novedad.
Una reconfiguración que llevó a plantear los vínculos domésticos de otra manera. Padres con hijos, parejas, hermanos… Más tiempo juntos…
Por otro lado, la pandemia también ha cuestionado el propósito de la presencia física en los lugares de trabajo. Así, pudimos comprobar que el trabajo remoto no es ciencia ficción y es perfectamente articulable con nuestra realidad.
Hoy, presenciamos como desafío el hecho de un lento retorno a lo anterior (con diferencias, claro). Esa reincorporación a las aulas por delante y la ya instalada acción de vuelta a la oficina.
En este panorama, (re)aparece como un mandato/necesidad la obligación de estar presente en casa. “Ahora que no estoy, los extraño como nunca…” o “…si no estoy las cosas en casa van a ir mal… porque me necesitan… hace falta que yo esté…”.
Hay una reverberación de la fantasmática neurótica en esas cuestiones y me pregunto: ¿Es tan así? ¿De verdad hago, tanta, falta?
Una ambigüedad inquietante y difícil de comprender es la combinación entre ausencia-presencia. Especialmente, si digo que muchas veces la mejor manera de estar presente es no estándolo…
Juego de palabras mediante, pienso que es necesario hacer falta, pero en el sentido de crear el agujero. No intentar tapar siempre ese hoyo que permitirá al otro construir sus cimientos precisamente allí. En el vacío…
En el presente texto te invito a pensar que no hace falta estar tooodo el tiempo con quienes creemos nos necesitan. Tenemos que poner patas arriba esa afirmación y decir que será nuestra ausencia la que permitirá que dejen de necesitarnos.
Cierta ausencia, para no ser terminante…
Haciendo un poquito de historia, leemos que Freud veía a su nieto Ernest, de 18 meses, jugar con un carretel de hilo y a partir de ahí surge uno de sus más memorables conceptos: el Fort Da.
El hecho es que el niño, teniendo del hilo, arrojaba el carretel fuera de su cuna al grito de las palabras alemanas “Fort” (se fue) para recogerlo luego diciendo “Da” (acá está).
Podemos ver este mismo accionar en nuestros hijos, sobrinos y muchísimos chicos en donde se utilizan diferentes juguetes que desaparecen para luego hacerlos aparecer. El summun de esto es cuando es el propio niño el que desaparece a la vista de un adulto, para luego reaparecer con una sonrisa.
En este sencillo pero profundo paso, nuestro inconciente comienza a simbolizar la ausencia de personas importantes y en el mismo movimiento, pasar de un lugar pasivo (ser abandonado) a uno activo (abandonar).
Y avanzo: en esa pausa entre el tener y el reencontrar se halla justamente el nervio de su deseo posterior. Dicho de otro modo: no hay deseo sin falta.
Si queremos que nuestros hijos, y también colaboradores sean autónomos, que piensen por sí mismos, que tomen sus propias decisiones, debemos tomar esa idea fundamental.
Ahora bien, decir que la maduración del otro dependerá de que nosotros nos corramos de lugar implica saber hacer con nuestro narcisismo. Asumir que no somos imprescindibles para el bienestar de las personas a quienes amamos. Y esto es antipático…
Cae mal, y es políticamente incorrecto recomendar a las personas que tienen hijos que salgan a trabajar sin culpas. Que pasen tiempo fuera de sus hogares, porque eso es sano para sus chicos. Altera el nervio de esa imagen sacrificial de padre/madre dedicada full time, 24×7. Eso no es bueno para ninguno de los dos. Es enfermante.
Igual cosa sucede con aquellos que gestionan personal: Si querés desarrollarlos, lo mejor que podés hacer es irte de a ratos.
La clave está en los tres momentos: Presencia, Ausencia, Reencuentro. En ese trío se juega la posibilidad para alguien de crecer, entendiendo por tal cosa separarse de quien más amamos.
Es importante insistir en la necesidad de que ocurran todos, ya que, si eso no pasa, se producirán consecuencias negativas. Como ya dijimos, estar siempre presente enferma, como así también, no estarlo nunca.
Dos ejemplos para ilustrar:

  1. Empresa familiar que no logra continuidad
    Ese viejo dicho que establece “El abuelo la funda, el padre la disfruta y el hijo la funde”
    no es casualidad y obedece una vez más al saber popular. Hay que oírlo.
    Claro que no vale para todos, y que la universalización nos impide analizar los casos particulares.
    Sin embargo, la frecuencia en la que podemos ver situaciones como estas nos invita a pensar acerca de los posibles motivos, siendo uno de los principales este que denomino “exceso de presencia del líder”.
    Sabemos que hay una tendencia en muchos de los iniciadores de empresas por hacer todo ellos mismos. Esta percepción discutible de que solo ellos sienten la organización y por ende, se encuentran plenamente comprometidos e involucrados. Este plus de trabajo, que no se termina nunca, ni en reuniones familiares ni en espacios de juego. Cien por cien dedicado a la Compañía.
    ¿Y los hijos? Muchas veces no quieren lo mismo para sus vidas. Ven por un lado que su papá dejó la carne en su proyecto, pero más que nada padecen este efecto de intoxicación, signado por el exceso. Si por esas casualidades a este hijo le picó el bichito de continuar el legado y trabajar en la empresa, habrá sentido el peso de la mirada paterna todo el tiempo. Siempre ahí. Mirando. Estando. Demasiado… ¿Ahora ves por qué tus hijos no están en la empresa? ¿No será que les estuviste demasiado cerca y les impediste tropezar y levantarse, solos?
  2. Sector de la empresa que no levanta cabeza
    Tanto en la industria como en los servicios, es bastante habitual que un área se
    despegue de las demás, ya sea de manera positiva, alcanzando resultados por encima del promedio; o negativamente, lo que sería una especie de “destaque inverso”. Sobre este último caso quiero detenerme un instante.
    De tener la posibilidad de hablar con su encargado, escucharíamos frases tales como: “Nunca tuve suerte con la gente que me toca”, “Acá andan bien los primeros tres meses y después de planchan” y finalmente “Menos mal que estoy yo…” Es justamente en este último dicho en donde aparece de forma clara la incidencia negativa, y el error que conlleva el suponer, de parte de los líderes que su presencia da garantías al proceso. Pienso exactamente lo contrario. Los mejores líderes son aquellos capaces de dar garantías de excelencia a los procesos cuando no están (recomiendo a a los interesados analizar el comportamiento del personal durante los períodos vacacionales de jefes. Por ahí nos podemos sorprender).
    En resumen, mi sugerencia a los líderes es alejarse de tanto en tanto y poder comprobar las bondades del silencio. No estar es, en estos términos, no ahogar al otro. Es no hacerle sentir que estamos mirándolo con ojos evaluadores todo el tiempo. Es darle el lugar a que se equivoque, y aprender a partir de sus errores y dificultades.
    Parafraseando el dicho popular: “La distancia es salud…”