El paso del tiempo y los modos de ver la empresa familiar

“A mí no me entra en la cabeza que estos dos idiotas anden todo el día peleando por cuestiones de guita”, dijo Ignacio en parte del relato que desarrolló en nuestra primera reunión de contacto. Me había llamado por teléfono con un nivel de angustia que se percibía en su voz. Como si estuviese por explotar. Nos vimos tres días después de su llamada.

Por Mg. Sergio Messing

Él es un hombre de setenta años, casado con Patricia, con quién tuvo dos hijos: Virginia de cuarenta y dos años, y Raúl de cuarenta. El matrimonio se divorció hace quince y ambos volvieron a formar pareja.
Sus hijos también formaron sus familias. Virginia está casada y divorciada, y tiene dos hijas de quince y doce años. Raúl está casado y tiene trillizos de dos años.
Patricia e Ignacio son ingenieros químicos. Ya casados, fundaron una industria dedicada a la fabricación de pinturas especiales en una ciudad del interior de la provincia de Buenos Aires, que se desarrolló de manera sostenida a lo largo de sus treinta y cinco años de vida. Virginia ingresó a trabajar en ella ni bien se recibió de ingeniera industrial. Raúl tuvo dos emprendimientos comerciales independientes, en los que les fue muy bien. Al último lo vendió, generándose un respaldo patrimonial sólido, y a partir de ese momento se incorporó a la empresa familiar para tomar bajo su responsabilidad el área comercial que estaba en crisis por la renuncia de la persona que hasta entonces la conducía.
La forma en que cada familiar construye su mirada de la empresa que de la que son propietarios, a medida que pasa el tiempo se aleja cada vez más de un enfoque coincidente, único, común; y se carga de los componentes que la historia de vida propia le va agregando. De esa forma, los modos de ver se hacen naturalmente divergentes y es imprescindible dar cuenta de este proceso.
La empresa familiar, que es parte de la historia de la familia, va teniendo la suya. Empieza ocupando un lugar central, casi excluyente, porque en la etapa de los fundadores es un sueño que con mucho esfuerzo se sostiene, se desarrolla y se convierte en una realidad parecida a la que soñaron, aunque siempre diferente.
Patricia e Ignacio fundaron y construyeron dos sueños a la par: la familia y la fábrica. Y aquello que soñaron que iría a la par a lo largo de la vida, resultó otra cosa con el paso del tiempo. La visión de cada uno de ellos cambió porque el lugar de cada uno de ellos cambió. Ahora miran desde otro lado, y por lo tanto, ven distinto.
Virginia y Raúl son parte de la historia de su familia de origen, y de la que cada uno de ellos constituyó. Aquella mirada de la familia y de la empresa que construyeron en la infancia, la adolescencia, la juventud; se transformó cuando cada uno tuvo la oportunidad de elegir su camino y así lo hizo. De manera que hoy, ellos están parados en un lugar propio, compartiendo aquello que miran con sus padres y hermanos, pero con los ojos que son de cada uno.

Esa historia
El pasado, el presente y el futuro cambiaron. En sus modos de ser recordado, en las consecuencias individuales de las cosas que vivieron en conjunto, en los intereses actuales que mueven las acciones de cada uno, y en las expectativas que tienen al respecto.
Las familias empresarias tienden a tomar estas situaciones no como parte de la naturaleza de la evolución de las personas y de las relaciones entre ellas, sino como una anomalía que debe ser corregida, que no puede permitirse; y eso es una fuente de conflictos que, temprano o más tarde, pueden emerger.
Es imprescindible que las familias empresarias comprendan que, tanto como familiares y como empresarios deberán atravesar por distintas etapas que les impondrán la negociación entre las visiones, que antes eran comunes y con el paso del tiempo se tornaron divergentes, en las que deberán respetarse las miradas de cada uno y lograr avanzar en función de los intereses comunes.
Ignacio adjudica los desacuerdos entre sus hijos a cuestiones de dinero, y puede que así lo sea, aunque esa es solo su interpretación. Muchas veces, cuando las familias discuten sobre dinero, en el fondo, detrás de los billetes, están discutiendo por otras cosas. Modos de decidir, poder, proyectos, historias pendientes de cerrar.
El único campo para trabajar con esas situaciones permanentes son las conversaciones familiares. Una cultura, un hábito, una habilidad que se desarrolla sobre la base de mucho esfuerzo; contrariando la tendencia al silencio que está muy presente en las familias empresarias, en la falsa creencia de que, si no se habla sobre ellos, los desacuerdos no aparecerán.
Los primeros que deben comprender la necesidad de tener calidad y volumen de conversaciones son los mayores, Patricia e Ignacio en este caso. Que ellos, lejos de negarlas, las provoquen, harán que todos conozcan lo que sienten y piensan los otros. Por acumulación, eso genera un vínculo sincero, honesto y sólido; y pone en la superficie y en el primer lugar de las prioridades los intereses comunes.
Si durante toda nuestra vida familiar estuvimos acostumbrados a conversar, a disentir, a reconocer al otro, a respetarlo, a ponernos de acuerdo; cuando aparezca la empresa en la vida familiar, cuando temas de mucha densidad como son las vocaciones, las ambiciones, el poder, el dinero, etc., sean los que ocupen la agenda, estaremos mejor preparados para levantarnos de la mesa con acuerdos y en armonía, al menos hasta la próxima conversación.
Nada de eso se produce espontáneamente. Hay que trabajar con paciencia y tenacidad. Abrir los espacios de conversación, aprender a conversar, sostenerlos en el tiempo a pesar de todas las contrariedades que haya que enfrentar, ser permanentes rescatistas de los resultados positivos que eso produce. Comprender y transformar en práctica cotidiana la idea de que las miradas divergentes son siempre una oportunidad de enriquecer la construcción colectiva de la forma de ver las cosas. Complejo, pero posible. Más fácil si se cuenta con ayuda externa.
Continuará.