Que el rol no sea una etiqueta

Uno de los últimos martes de junio, mientras hacía fila en un supermercado y aguardaba mi turno para pagar, usaba el celu para ver pavadas y encontré en Facebook un anuncio que tenía de protagonista a un ex compañero de Facultad a quien no veía hacía quince años. Se trataba de Bernardo Bossi Bonilla o Berni para los amigos.
En la publicidad, se anunciaba la visita de un reconocido enólogo nacional con ese nombre (bastante poco habitual, por cierto).


Mi sorpresa radicó en que nunca pensé que Berni podía llegar tan lejos, y mucho menos en algo que no tenía nada que ver con la psicología. Luego, su caso me hizo pensar en que podría perfectamente ser un ejemplo para entender el daño que le hacen al equipo confundir roles con etiquetas.
Berni, en aquellos días de Facultad distribuía quesos en una camioneta y de paso estudiaba psicología. La verdad es que como alumno dejaba mucho que desear, porque se lo veía un poco desconectado. Ningún tema lo atraía y carecía de esa especie de “furor sanandi” que teníamos los demás, salvajes en ese punto.
Todos imaginábamos su futuro más como comerciante que como psicólogo. Honestamente, no estaba bueno compartir un trabajo práctico con Berni. Te hacía enojar con su falta de compromiso. No iba o plantaba excusas medio pavas. Además, sus intervenciones tampoco aportaban gran luz siendo la mayor parte de las veces, livianas o superficiales.
Como ves, no había que dar grandes pasos para asignarle un rol disfuncional. Llamale, por ejemplo, el del Haragán…
Independientemente de la historia autorreferencial, lo admito, hay que pensar aquí en la incidencia que tienen en los equipos los roles y las etiquetas o prejuicios.
Acerca de los primeros, debemos conocer que se tratan de patrones de conducta. Moldes a los que las personas de carne y hueso se van adaptando, ya sea de forma armónica (por elección propia) o forzada, como imposición de los demás porque claro, en el momento en que uno asume el propio rol atribuye otro a alguien y este último no siempre puede sentirse conforme con ese trajecito.
Hay roles que sirven a los equipos, colaboran hacia la consecución de sus objetivos y por ende forman parte de sus activos. Ejemplo, el del Impulsor, el Creativo, el Organizador o el Coordinador.
Hay otros, llamados disfuncionales que directamente boicotean, obstaculizan y minan los senderos hacia las metas como lo ilustran el del Pícaro, el Cínico, el Censor o el Obsecuente.
Finalmente, tenemos otros que no podemos ubicar en los extremos, pero que igualmente aportan su eficacia como lo son el del Chistoso o el Desubicado.
En todo equipo hay roles porque ayudan a las relaciones, aportando cierto grado de previsibilidad. Sabemos que nuestro cerebro trata de encontrar similitudes o categorizaciones que le permitan hacer del caótico mundo, un lugar comprensible y controlable.
Sin embargo, el asunto podría tomar otro cariz cuando los roles se cristalizan en personas, impidiendo su movilidad. Este estancamiento habla de un grupo más que de un equipo y es necesario estar atento si esto ocurre porque de ahí al preconcepto hay un borde finito finito.
En la historia que relato, posiblemente la sorpresa que nos generó a todos encontrar a Berni en esta posición actual sea una manifestación de que, sin darnos casi cuenta, le habíamos colgado un cartel mentiroso. Y lo mismo puedo contar de mi experiencia en el trabajo con equipos de diferentes organizaciones. Soy un convencido de que a veces se descuidan estos temas, considerándolos menores en el devenir del colectivo humano.
Como ejercicio, te planteo que pienses si en tu oficina pasa algo así: Si el Chistoso, cuando tiene un mal día no resulta una molestia para los otros. O cuando el Organizador no asume esta tarea, por hache o por b, y nadie es capaz de tomarla a su cargo. También, si al Creativo no se le cae ninguna idea, qué pasa con los demás.
Si ves que los roles se pegan a las personas y no circulan, es momento de comenzar a hacer algo. Los equipos sanos están compuestos por personas que asumen y atribuyen roles, pero no son siempre los mismos. Eso es una especie de vacuna frente a las etiquetas, siendo esa heterogeneidad y movilidad lo que permitirá su desarrollo.