Los bagayeros del noroeste

“…De los pobres sabemos todo: en qué no trabajan, qué no comen, cuánto no pesan, cuánto no miden, qué no tienen, qué no piensan, qué no votan, qué no creen…. Solo nos falta saber por qué los pobres son pobres…
¿Será porque su desnudez nos viste y su hambre nos da de comer?”
Eduardo Galeano. Los Hijos de los Días


Dicen los científicos que cuando miramos el cielo, viajamos al pasado. Que cuando en la noche te sorprende el brillo de una estrella, lo que ves es la luz que partió de hace veinte, treinta o cientos de años. Pero a veces, no es necesario llevar los ojos tan lejos ni convertirte en Marty McFly[1] para viajar al pasado. En un mundo que terminó con viejas esclavitudes, surgen todos los días nuevas y tristes formas de servidumbre: trata de personas, trabajo infantil, esclavitud salarial, etc.
Te quiero contar sobre los “bagayeros” o pasadores del noroeste argentino. Son hombres, mujeres y nenes que luchan la vida todos los días. Que esperan por camiones que se acercan a la frontera para pasar mercadería que se vende a Bolivia de contrabando, por unos pocos pesos. ¿Y qué tiene que ver el comercio exterior en todo esto? Poco. Apenas un pedacito de la historia, que es la pantalla que se usa para la operación y se llama “Régimen de Tráfico Fronterizo” (RFT).
El RTF existe para facilitar la vida a pobladores de países limítrofes. En esencia, es un sistema que permite que los residentes de localidades de frontera crucen “enfrente” a comprar productos para usar o consumir que no consiguen en su tierra o pueden hacerlo, pero a mayor precio. Cada país tiene sus topes. Argentina permite a los pobladores extranjeros extraer mercadería por U$S 150 por vez, y a los argentinos, ingresar por U$S 50 por mes.
-¡Pero Diego!, ¿no me dijiste que es mercadería para usar o consumir?
-Sí, y no puede haber finalidad comercial.
-¿Entonces?, ¿cómo es que después de cruzar los camiones se vende la mercadería?
Sucede que la realidad es más fuerte. Se trata de personas como vos y como yo, de hombres que quieren proteger a su familia, de mamás que amamantan a sus hijos, y de nenes que tienen necesidad de afecto y sueños de jugar. Pero en cambio, salen cada día a pelear por lo indispensable para subsistir. No hacen ruido, son anónimos, están distantes de quienes deciden por sus vidas, y mucho más distantes de un calzado digno, una cama confortable, un sistema de salud aceptable y una universidad. Esto al menos toca la fibra sensible de gendarmes y políticos que hacen como si nada pasara cuando los ven cruzar con bolsas que alcanzan a veces el mismo peso que su cargador: el hombre o la mujer devenido en mula de carga. Se trata de un paliativo social, que hace mucho que debería no existir, toda vez que se encuentren soluciones de fondo.
En cambio, de vez en cuando el Estado “recupera la conciencia” del deber de aplicación de la ley. Y ocurre cuando la práctica alcanza magnitudes importantes o cuando suena fuerte el narcotráfico. Entonces la labor invisible del contrabandista hormiga tiene impacto en las noticias. Y como en la “teoría del caos”, el aleteo de la mariposa (mejor “hormiga voladora” para el caso), produce un tsunami (pero de noticias), y al poco tiempo todo vuelve a ser como antes…

Lectura recomendada
“Sinaloa – Medellín – Rosario”. Gustavo Sierra.
Normativa recomendada
Resolución ANA 2604/1986, sus modificatorias y complementarias.
Artículos 578-580 Ley 22.415 (Código Aduanero).