HABLAR DE PLATA ES INCÓMODO PELEAR POR ELLA ES PEOR

Las cuestiones de dinero suelen ser causa de muchos conflictos en las empresas familiares, y los acuerdos previos pueden reducir la cantidad e intensidad. 

Por Mg. Sergio Messing

sm@messingconsultores.com.ar

“Las cuestiones del dinero no necesitamos hablarlas, para eso somos familia”, respondió Rafael cuando en una entrevista personal durante nuestro proceso de trabajo le pregunté si algo habían hablado del tema entre sus familiares.

Ingeniero químico, sesenta años, casado en primeras nupcias con Ivana con la que tuvieron cuatro hijos; es fundador de una industria farmacéutica radicada en la provincia de Buenos Aires, líder en su especialidad con una marca impuesta.  Varias veces recibió ofertas para vender la empresa a multinacionales del medicamento, y nunca aceptó. “¿Quién puede vender un hijo?”, fue el remate de su comentario.

Las dos mujeres, sus hijas menores, trabajan en la empresa.  Violeta, también ingeniera química, tiene treinta y cinco años y, desde comienzos de año, la Directora Técnica del laboratorio.  Margarita, la menor, otra ingeniera química en la familia, es la Jefa de Formulaciones, un sector del área productiva. Los hijos mayores tienen cada uno su empresa y están relacionadas con la familiar.  Una es proveedora de los envases y los blísteres, y la otra es la agencia publicitaria que le maneja la cuenta.

A través de la historia en común los temas de dinero siempre han sido conflictivos en la familia de Ivana y Rafael, porque como él lo expresó con claridad, todos están convencidos de que de esas cosas no es necesario hablar.  Es más, es una incomodidad que hasta ahora han evitado, sin darse cuenta que las consecuencias son mayores.

Las familias empresarias están convencidas, por diversas razones, que hablar de los temas de dinero los hace una peor familia. Como si hacerlo fuera vergonzante. Como si eso demostrara que no hay el suficiente amor como para que los acuerdos nazcan espontáneamente de la fertilización entre la historia y la cultura familiar.

Las familias domésticas, las no empresarias, se diferencian de estas últimas en que no tienen una empresa en su patrimonio, no tienen el dinero que esta genera, y por lo tanto no tienen la necesidad de conversar sobre estos temas porque no lo necesitan.  No hablan de plata, o de la plata de todos, porque cada uno tiene la suya y no hace falta acuerdo.  Cada uno maneja lo que es de él como quiere, sin tener que pedir autorización ni rendirle cuentas a nadie.

Patrimonio de todos

En cambio, las familias empresarias, aunque en términos legales no sea así, sienten que tienen un patrimonio que es de todos, la o las empresas, que estas generan ganancias que son de todos, que circula dinero entre la empresa y los miembros de familia, que tiene que hacerlo con determinados criterios, no siempre empresarios.  En resumen, se encuentran con una realidad empresaria que pretenden resolver con lógicas familiares, y allí está la causa de origen de la que derivan sobres entendidos, malos entendidos, confusiones, desacuerdos, conflictos, disputas y juicios.  Escalada fatal que termina convirtiendo en un infierno aquello que creían una familia ejemplar, por pensar que la causa de la batalla podría ser hablar de la plata, y no la necesidad inevitable de establecer acuerdos respecto de aquello que, además de la historia, la sangre y el amor, los une.

Ivana, Rafael, su familia y su empresa están en una etapa del desarrollo de cada uno de estos sistemas, familiar y empresarial, en la que lo que hasta ahora solucionaba las diferencias, el rol conciliador de Ivana y el papel de árbitro de Rafael, van a ser cada vez menos eficientes por varias razones.  Sus hijos crecieron, formaron sus propias familias, generaron intereses propios que no son los de su familia de origen, tienen perspectivas de futuros distintos porque algunos no están dentro de la empresa y otros si. Y los temas de dinero van a tener cada vez mayor presencia porque la diferencia de roles impondrá una diferencia en la billetera de cada uno, que deberá ser entendida y aceptada por todos.

Si la generación sucesora integrada por los hermanos no comprende que ser dueños y/o empleados son roles diferenciados, y si al momento de no contar con la presencia de los fundadores no tienen acuerdos construidos, y agregaría escritos y firmados, sobre cuál será la lógica de distribución del dinero entre ellos, cuanto y en concepto de que pondrá cada uno en su bolsillo, los conflictos pondrán en riesgo la estabilidad emocional de la familia y la perspectiva de sobrevivencia de la empresa.

Acordar sobre estos temas es imprescindible, aunque no suficiente.  Hay otra larga lista sobre lo que conversar y ponerse de acuerdo.  Despejar la lista, resolver lo que ataña al dinero es un paso fundamental porque es por aquí que se desencadenan la mayoría de las peleas.  Aunque, como dice Eva Giberti en uno de sus libros, “cuando las familias discuten de dinero, no están discutiendo solo de dinero”.

Vaya entonces una pequeña gran lista, un temario sobre el que Ivana, Rafael y sus hijos deberían conversar:

  • Cuanto de las ganancias que obtenga la empresa se van a distribuir entre los familiares socios, con qué criterio, y cuanto quedará en la empresa para su inversión.
  • Como y cada cuanto se hará una valuación de la empresa para que todos los familiares conozcan cuánto vale aquello que es propiedad de la familia.
  • Cuál será la remuneración de los familiares que trabajen en la empresa.
  • Cuáles serán los gastos particulares de los familiares que la empresa pagará por ellos.
  • Como será el uso que los familiares puedan o no hacer de aquellos bienes que son propiedad de la empresa.
  • En que situaciones eventuales la empresa aplicará parte de sus recursos financieros para el auxilio o el apoyo de los familiares.
  • Bajo que normas un familiar podrá ser proveedor de bienes o servicios de la empresa.

A estos puntos se les pueden agregar muchos más, pero alcanzan como para empezar y disminuir la posibilidad de ocurrencia de la mayoría de los conflictos originados en diferencias por dinero.

Quizás sea incómodo, cueste romper la inercia, el hábito del silencio, la costumbre de la elusión.  Quizás sea trabajoso porque lleva tiempo y esfuerzo construir acuerdos.  Quizás sea tenso porque aparezcan sobre la mesa de conversación divergencias que habrá que negociar y, por lo tanto, situaciones que aceptar que no se ajustan a las expectativas individuales.  Pero todo el costo emocional e intelectual que se detalla es el que hay que afrontar, el que da valor a la paz que se conseguirá con ellos. Complejo, pero posible. Más si se cuenta con ayuda externa.

Continuará.

Las familias empresarias están convencidas, por diversas razones, que hablar de los temas de dinero los hace una peor familia. Como si hacerlo fuera vergonzante. Como si eso demostrara que no hay el suficiente amor como para que los acuerdos nazcan espontáneamente de la fertilización entre la historia y la cultura familiar.