“Alerta temprana” para cuidar los suelos productivos del país

“Cualquier ruta que tomes: a San Justo, a San Cristóbal, hacia Rosario o Progreso: si parás y ponés la pala sobre el charco de un campo, 8 a 10 cm suelo abajo está seco. Puede variar pero no falla; los peones que lo están haciendo se dan cuenta”.

Rubén Walter es edafólogo. Desde hace 2 años -por iniciativa privada- está monitoreando 7 campos de entre 3 y 5 mil hectáreas en el departamento Castellanos, en Hughes, en Ramallo-San Nicolás, en Azul y en el norte entrerriano-sur correntino (en este caso parcelas ganaderas que se pasaron a la siembra). Todos los terrenos son planicies; y también en todos los casos -bajo actividad agrícola- se verifica un proceso de erosión poco habitual en las llanuras.

Según contó a El Litoral, “hay una erosión hídrica dentro de la llanura, de la planicie; el síntoma es sutil pero está ahí. Es una erosión laminar; el productor ve los surquitos, pasa la rastra o el disco, borra y listo, pero el problema está.

“Si uno va por la ruta 70 y sigue incluso hasta Freyre, es todo planicie; se ven encharcamientos. Si uno baja y pone la pala, a 10 cm de profundidad está seco”, insistió. Dijo que durante los excesos hídricos entre 2016 y 2018 “el agua empezó a trabajar distinto en los suelos”, que perdieron capacidad de infiltración.

Ante la consulta, el especialista explicó que en la Argentina se pone el acento en el capítulo químico del uso productivo del suelo. En los años señalados -en la zona núcleo- la cuestión se saldó pasando de 50 a 70 kilos por hectárea de fertilizantes, o en su caso de 80 a 100.
“Pero a la parte física del suelo no se le ha dado importancia y no hay un negocio atrás que proponga restablecer condiciones. Y es la parte física la que hace que se mueva el agua de una manera distinta”.

¿Qué pasa?

Walter define lo que sucede: lixiviación. El suelo se lava, se erosiona; el agua escurre y se lleva los nutrientes, la materia orgánica. “Se rompe lo que se denomina estructura física del suelo. Los ‘cascotes’ de tierra, los agregados que me permiten que la raíz se desarrolle a través de canalículos que infiltran el agua y llevan los nutrientes, desaparecen”.

Explicó que “ese lavado, ese arrastre, se lleva la materia orgánica -los rastrojos de soja, trigo, girasol- y todo lo que queda en superficie en un suelo desnudo queda arrastrado. Se empezó a disminuir el aporte de nutrientes. Quizás en dosis menores, pero en el correr de los años eso pasa factura. En ese espacio de la parte mineral del suelo -limo, arcilla, arena-, la materia orgánica no encontró el poro para buscar las raíces. Aumentó la densidad aparente del suelo: más material dentro del mismo volumen”.

Esa impermeabilización de la superficie tiene sin embargo una solución: “La única forma de cambiar esa estructura es con manejo de rastrojo, que empecemos a manejar la materia orgánica, cosa que no se hizo en 10, 12 ó 15 años.

“No significa que la siembra directa haya sido mala. Pero al no hacer esa incorporación de la materia orgánica, no en los dos o tres primeros centímetros sino en 10 centímetros (de profundidad), se desfavorece la estructura física” del suelo, explicó Walter.

“La única forma de cambiar esa estructura es con manejo de rastrojo, que empecemos a manejar la materia orgánica, cosa que no se hizo en 10, 12 ó 15 años”.

En la pared del “surco” abierto por la erosión del agua, se ve claramente la humedad en superficie y un estrato seco casi de inmediato. Foto: Gentileza.

Más beneficio que costo

Ya hay tecnologías más modernas que el arado; pero de eso se trata la solución. Claro que significa gastar más gasoil en la campaña, y Rubén Walter respondió a la consulta al respecto: “Es contraproducente para el contratista en una unidad de tiempo. El resultado no se ve a los 6 meses, sino en dos o tres años.

“No es un gasto, es una inversión. Con el tiempo, se empieza a dar una mayor infiltración, menor encharcado, aumento de nutrientes y menos necesidad de fertilizantes. No se van a perder quintales encharcados que no se pueden cosechar y no hay que agregar 10 ó 20 kilos más de fertilizantes para obtener los mismos rindes”, aseguró el especialista.

Recordó que en los campos analizados de Ramallo, San Nicolás o Hughes, “estaban acostumbrados a 40 ó 45 quintales de soja, 100 de maíz como mínimo, con todo el paquete agrícola y apoyos del Inta Pergamino. En los últimos dos a tres años más húmedos -200 a 300 mm más que los promedios de ciclo normal- empezaron a tener 30 a 32 quintales de soja, y en maíz estuvieron en 80 a 85 quintales.

“La cuestión -dijo- es cómo manejar la materia orgánica, no dejarla en superficie. La materia orgánica en la siembra directa queda en superficie, pero es poco lo que se descompone. ¿Qué ocurre? Un rastrojo de maíz o de trigo necesita para descomponer 2 años. Lo único que se descompone es la raíz. El potencial por metro cuadrado de un rastrojo de maíz son dos kilos en superficie sin contar raíces. Son 20 mil kilos por hectárea que quedan a la intemperie pero no los aprovechamos”.

No todos los años

“Hay que hacer una semi-incorporación. No es necesario hacerlo todos los años, sino que en un plan de manejo de rastrojos es un año sí, dos no. Para descomponerse la materia orgánica, necesita temperatura y humedad. Después los microorganismos hacen su trabajo.

“En Hughes y Ramallo -ejemplificó Walter- se duplicó y hasta triplicó la vida biológica. Un productor se sorprendió porque volvió a ver lombrices. En Ramallo se está haciendo además una rotación de ciclos para sistemas mixtos. Agricultura con ganadería -seis años a uno- de novillos para consumo liviano. Cambia la estructura del suelo y el movimiento del agua de manera bien marcada”.

“En Castellanos, San Martín, al norte o sur por la ruta 34, por la 19. Además del encharcamiento hay pequeños surcos y erosión laminar, cosa que no había”.

6 por 1

En Ramallo y San Nicolás, en la rotación de 6 por 1 y (agricultura y ganadería) y con los valores actuales de la carne, el circuito cierra muy bien, por el hecho de que se pueden desarrollar pasturas de alta calidad, generar el propio maíz y terminar los animales en el campo. Salen con 450 kilos, en un proceso de integración. La ecuación económica cierra. Se recuperó el suelo deteriorado y la tecnología no es nada de otro mundo: restablecer materia orgánica que no es costo sino beneficio.

Edafólogo

Rubén Walter es edafólogo, recibido en la Universidad Católica de Santa Fe. Era una de las tres ofertas académicas de su tipo en Latinoamérica. Desde hace unos 12 años sólo quedan Brasil y Colombia, porque en la Argentina la especialidad ya no se estudia, salvo como una materia dentro de otras carreras. Es la especialización sobre el suelo, uno de los principales recursos del país.