Una forma sencilla de resolver lo complejo

Las familias empresarias tienen que planear, acordar, resolver problemas, solucionar conflictos; y una ayuda externa siempre es de utilidad.

 Por Mg. Sergio Messing

sm@messingconsultores.com.ar

 “Mirá vos si alguien de afuera va a venir a solucionar los problemas que desde hace tiempo no podemos arreglar en la familia”, me dijo Juan Antonio en una cena en la que nos conocimos, en casa de unos amigos.  Estaba molesto conmigo, o tal vez con él, y resignado con la situación.

Él es dueño de un grupo de empresas de distintos rubros y sus cuatro hijos trabajan en ellas.  Una mujer, la mayor, es la que mayor poder tiene y la que más influencia consigue sobre su padre.  Los tres varones tienen poder de decisión acotado, aunque la última palabra siempre la tiene Juan Antonio, previo paso por el filtro de su hija.

Ellos están convencidos de distintas cosas: Juan Antonio que no tiene nada para hacer salvo imponer su voz, la hija que por ser la mayor tiene el derecho a ocupar el lugar que ocupa, y los hijos, cada uno de manera diferente, que han hecho los méritos suficientes como para tener otro nivel de autonomía.

Existe en la familia un conflicto relacional muy intenso, ya que la disparidad de poder es vivida por los hijos varones con mucho enojo, lo que lleva, a veces, a conversaciones muy violentas e interrupciones prolongadas en los vínculos familiares.

En las familias empresarias un desafío muy grande es lograr y mantener el equilibrio entre la paz familiar y el funcionamiento eficiente de la empresa.  Son dos lógicas que operan en distintos sentidos y que hay que compatibilizar para que ambos sistemas puedan convivir en armonía.

 Las causas

Los factores por los que se generan los conflictos son múltiples y complejas, se relacionan entre sí, se influencian, se condicionan; y como están en la forma de sentir, pensar y actuar de los involucrados, generan una dinámica muy particular que a ellos les resulta dificultoso identificarlas con claridad, porque muchas veces eso implica asumir la responsabilidad por lo que pasa y resignar posiciones de poder que se creen indelegables, ver lo que no quieren ver.  Como dice un colega, el árbol no puede ver el bosque por más que quiera.

Es difícil que la propia familia elabore, comprenda y asuma el diagnóstico de su situación sin alguien de afuera que los ayude a reflexionar, conversar y ponerse de acuerdo.  Alguien que pueda ver el bosque, pero también acercarse y ver los árboles y lo que pasa en el espacio que hay entre ellos. Juan Antonio cree que, como en todo lo vinculado a las empresas, desde siempre, él es el portador del saber y la experiencia, y por lo tanto quien en mejores condiciones está de atender y resolver los problemas de poder.  No acepta que otro tenga la última palabra.  Y lo hace como lo hizo siempre, decidiendo él.  De esa forma también sigue estando en el centro de la escena, a pesar de que sus hijos le reclaman lugar, y de que la vida le pasa como a cualquier mortal.

Cada uno de sus hijos tiene, además de los intereses en común con la familia, los propios.  Sus deseos de demostrar su potencial, su necesidad de autonomía, la fuerza de una identidad propia que quiere consolidar; y reclama para sí un poder que no le corresponde en los términos que lo pide.  Quiere decidir por sí mismo olvidando que las empresas son de todos.  Creen que la forma de resolver los conflictos, al igual que su padre, es entre ellos, y en la práctica lo único que logran es profundizarlos.

Quien observa desde afuera, con la idoneidad y la experiencia suficientes, tiene la ventaja de ocupar una posición que le da perspectiva.  Puede ver toda la escena, como se desempeñan los protagonistas, y las características del escenario.  Además, no está condicionado por intereses particulares propios, sino por los comunes de la familia que tiene y necesita resolver problemas, y para eso lo convoca.

 

El vínculo familiar

Paradójicamente, una fortaleza y una debilidad en la resolución de los conflictos que involucran a la familia con la empresa.  A veces permiten un nivel de tolerancia y una flexibilidad porque el afecto prevalece por sobre la razón, y prefieren ceder posiciones antes que pelearse.  Otras, la racionalidad que impera en las organizaciones empresarias, su modo de distribuir poder, de establecer jerarquías, de imponer obediencia en razón de lo anterior; no pueden ser tolerados por algunos familiares porque los vulnera a nivel emocional.  La misma situación, las mismas condiciones, distintas consecuencias.

Esa complejidad no la puede manejar la familia por sí misma.  Las paradojas, las contradicciones, las subjetividades, impiden que vean con claridad y piensen con tranquilidad.  Hace falta alguien no involucrado que ayude a organizar la conversación, que haga preguntas que permitan mover la posición y la mirada de cada familiar, que recupere los elementos para la construcción de acuerdos que a veces se pierden debajo de las divergencias.

El rol de los consultores no debe ser el de indicar a la familia empresaria que es lo que debe hacer, sino el de ayudarla a que encuentre por si misma los caminos de acuerdo que le son propios.

El trabajo de la familia estará facilitado porque la experiencia y los conocimientos del consultor aportarán un método constructivo que permita reducir los obstáculos, y sumará lo bueno y lo malo que les ha ocurrido a otras familias que ya pasaron por situaciones similares.  El solo hecho de empezar a ver resultados, acuerdos concretados, disminución de conflictos, cambios de tono en las discusiones, pero por, sobre todo, resultados propios que otro ayudó a conseguir; será un factor de motivación para avanzar con mayor compromiso en el proceso.

Juan Antonio y familia, aunque quieran, no podrán solos.  Tampoco les aportará mucho que alguien les proponga fórmulas mágicas, que hagan cosas que hicieron otros, que acepten la participación de un consultor para luego interrumpir el proceso cuando las posiciones personales tienen que ser negociadas y, entonces, hacer concesiones.  Necesitan de alguien que, más que un portador de respuestas, sea un provocador que no les deje otra alternativa que hablar entre ellos comprendiendo la situación familiar y empresarial en general, la existencia, el reconocimiento y el respeto del otro, sus opiniones y sus intereses, y la conveniencia de construir acuerdos que contribuyan a disminuir la conflictividad en la familia y a mejorar el desempeño de las empresas.

Continuará.